Hola amigos, quiero compartir este texto que me envió el escritor panameño Enrique Jaramillo Levi, digno de su pluma rinde homenaje al Físico de las letras universales.
saludos
Ancel
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SÁBATO
(A la memoria de Ernesto Sábato, al día siguiente de su muerte)
Por Enrique Jaramillo Levi
¿Qué hacía ese hombre solitario, de rostro permanentemente triste, de gafas enormes y bigote grueso y blanco, casi calvo y ahora genuinamente envejecido por la enfermedad, en las primeras horas de la madrugada poco antes de que entrara una tenue claridad por las ventanas? Animal nocturno, deambulaba con modorra por los desniveles en tinieblas de su casona campestre de Santos Lugares hasta llegar a la cocina, sin encender luces trasteaba unos minutos preparándose un café.
Tras servirse, en una enorme taza el doble de grande de lo normal, emprende la vuelta a su estudio, en donde la noche anterior se había quedado dormido mientras tecleaba frases intempestivas, acaso largamente meditadas, en su máquina de escribir eléctrica de dos décadas, del todo ausente del paso de las horas, tal vez pensando vagamente en la posibilidad remota, después de tantos años de aparecida la anterior, de intentar una cuarta y última novela, desechando en seguida la idea. Una sala con pequeña biblioteca, al fondo un atril de pintor. Tenía muy claro que no le quedaba mucho tiempo. Sábato, casi ciego, con la respiración agitada, se dejó caer frente al enorme escritorio de caoba al otro extremo, sobre ésta la máquina y una desordenada pila de libros en promiscua vecindad. Tras respirar hondo disfruta lentamente el primer sorbo de café.
Recordó haber dicho alguna vez a un periódico español, el ABC le parece, hacia 1994, que disfrutaba la soledad, sobre todo en otoño e invierno cuando la oscuridad es absoluta. Después les había comentado que le gustaba abrir la ventana y esperar el momento en que las calandrias y los zorzales engalanaran el silencio, poco antes de que él saliera al jardín a estar un rato con sus plantas. En aquella ocasión contaba que en realidad había tres jardines, uno de Sábato, el de Matilde su esposa, y un tercero de Gladis, quien cuida a Matilde, hace mucho postrada en una cama. Y que el suyo, que está en la entrada de la casa, es en realidad una espesa selva con árboles centenarios, según le había asegurado alguna vez un ingeniero forestal, en donde crecen el Gingo Wilova, la mora, la Santa Rita, las enredaderas y la impresionante magnolia. Esa vez explicaba que jamás recogía del suelo las hojas secas, y le tenía prohibido a los demás hacerlo, ya que en un sitio mágico como ese, en que las diversas plantas y árboles se entreveran y crecen al azar, hay que dejar que la naturaleza haga su trabajo.
“La ventana todavía muestra la noche cerrada”, frase afortunada que había escrito aquel periodista, y que vuelve a ser ahora la realidad del momento, como por tantísimos años. En tres horas empezarán a dibujarse los árboles del jardín del fondo, también recordó que había escrito aquel hombre cuyo nombre no recordaba, y miró hacia fuera y una vez más comprobó el acierto. En 1943 Santos Lugares era una suerte de pueblo de campo, con alambrados, quintas, casitas modestas, almacenes y “despachos de bebidas”, había escrito, no recordaba ya si citando sus palabras o como parte de una investigación propia. “El escritor se sintió subyugado con el paisaje”, decía la nota. Así es hasta la fecha, piensa Sábato sorbiendo lentamente su café. “Me hubiera gustado vivir sin angustiarme tanto por la locura del mundo”, recordó de pronto que titularon aquel texto, y pensó que si bien eso era completamente cierto resultaba del todo irremediable.
Con sus magros ingresos de la época y los de Matilde compró la casa a un precio de ganga, y es una de las cosas de las que jamás se ha arrepentido. Como entonces, ahora hay “un silencio espeso”, e igualmente “ni siquiera el tren, que pasa a cien metros de la casa, se hace oír a las cuatro.” Publicado en 1974, “Abaddón, el exterminador” fue su última incursión en la novela, sabe que lo poco que ha escrito después, incluido lo de ahora, son sólo reflexiones, memorias, atisbos sin encarnar en personajes y situaciones mediante una trama que su ceguera y la enfermedad no le permitirán ya convertir en una obra de ficción.
En esta etapa pinta casi a diario, medita más que nunca, se desespera como siempre con las incongruencias e injusticias del mundo. Pero nunca se ha arrepentido de haber dejado para siempre la física cuántica por involucrarse a fondo en el cultivo de las letras. Mucho tiempo tuvo para renegar por igual del comunismo y del capitalismo salvaje, que cojean de la misma pata por relegar a oscuros rincones a las grandes mayorías. A lo largo de su vida recibió justos honores por la calidad de su obra, por la persistencia inclaudicable de su heterodoxa voz. Pero siempre fue obvio que no era feliz, porque el mundo le dolía, le sigue doliendo.
Matilde, postrada en una cama, está por morir. Como a ella, el túnel nuevamente habrá de absorberlo, y después entrará en el abismo de la melancolía, y la rutina hecha rutina de la honda tristeza terminará de instalarse en Santos Lugares, y en su alma. Ya no se levantará en la madrugada a releer manuscritos y quemar algunos cuando encontraba el sitio en que su mujer los escondía para preservarlos de la insatisfacción suicida del marido; ya quedan pocos salvables, piensa.
Sin embargo, pasarían diecisiete años más para que, a los 99, a menos de dos meses de volverse centenario como sus venerados árboles de Santos Lugares, un 30 de abril de 2011, Ernesto Sábato, Premio Cervantes 1984, coordinador y prologuista del espeluznante Informe Sábato (llamado como libro: “Nunca más”, 1985), se nos fuera. Nacido en Rojas, Buenos Aires, en 1911, Doctor en Física por la Universidad de la Plata, sin duda la más aguda y permanente conciencia crítica argentina, hermano de leche de aquel otro estoico oficiante de la ética universal nombrado José Saramago, nuestro Sábato, autor de “Uno y el universo” y de “El escritor y sus fantasmas”, entre otros renombrados libros ensayísticos, y de las extraordinarias novelas “El túnel” (1948) y “Sobre héroes y tumbas” (1962), quien alguna vez dijo que escribía para no morirse, se ha dejado vencer al fin por una tonta bronquitis y entra, pese a sí mismo, a la más noble posteridad.
Panamá, 1 de mayo de 2011

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